El silencio de una fotografía

Texto acerca de Civil War

 

“La humanidad lleva miles de años de guerras y, sin embargo, parece que cada vez se empiece desde el principio, como si se tratase de la primera guerra en la historia.”

Ryszard Kapuscinski

Nosotros, a diferencia de la guerra, empecemos por el final.

Adelantemos las conclusiones del análisis fílmico para comprender el éxito que está teniendo en la taquilla americana e internacional la última obra de Alex Garland, habiéndose convertido ya en la mejor recaudación de un estreno de A24, esa productora que la mayoría de los cinéfilos incluye en sus oraciones cada noche antes de dormir. ¿Las conclusiones? Estamos ante una obra mayúscula, de un calibre audiovisual que impacta y deja cicatriz en el espectador, ya sea en pecho, retina o memoria. Y esa cicatriz la agradece cualquiera que comprenda que el buen arte siempre debe acercarnos a la verdad, aunque la verdad duela. Civil War nos acerca a ese dolor, nos mantiene a la distancia que separa el objetivo de una Leica del cadáver tiroteado y aún caliente que yace en el suelo.

La segunda razón del éxito de la película radica en el contexto político actual. Por desgracia, vivimos tiempos de tal convulsión sociopolítica que el espectador es consciente de no estar tan lejos de lo que ve en pantalla (otra cuestión de cercanía). ¿Una nueva guerra civil en Estados Unidos? Quién se atreve a reírse hoy día de la posibilidad de algo así.

Michael Gold and Anjali Huynh, New York Times, 2 de Abril de 2024

Miguel Jiménez María y Antonia Sánchez Vallejo, El País, 22 de Abril de 2024

Son solo tres titulares de los miles de artículos sobre política que se han publicado en medios de prestigio en lo que va de este mes de abril, pero podría decirse que son una muestra representativa, sobre todo en cuestiones de tono y beligerancia anticipada, sobre todo en lo referente a USA y al tema de la película. La realidad es que hay numerosos conflictos bélicos activos en estos momentos en diferentes puntos del mapamundi, y otros muchos países empiezan a visualizar su territorio como una probable zona de guerra. En el caso de Estados Unidos, su profunda y marcada polarización social hace años que hace sobrevolar el fantasma de la guerra (fantasma al que se le ha visto lucir en sus apariciones un flequillo rubio y un extraño tono naranja de piel, de la coloración y textura de una mandarina sobrexpuesta al sol de un desierto).

“Las guerras siempre empiezan mucho antes de que se oiga el primer disparo; comienzan con un cambio del vocabulario en los medios”.

Ryszard Kapuscinski

Una mujer joven de raza blanca se cala bien la gorra y se ajusta la mochila. Enarbolando una bandera, irrumpe a la carrera entre un grupo de personas que demanda ayuda humanitaria en un puesto de control, en el centro de la ciudad. La inmolación provoca al instante decenas de víctimas. Apenas superada la deflagración, y salvada una vez más por un instinto afiladísimo en zonas de guerra, la fotógrafa camina por el asfalto sembrado de cuerpos. Sortea cadáveres y coloniza la muerte con entereza, Minerva de nuestra época.

Encuadre. Enfoque. Disparo.

Civil War es muchas películas en una. Es una road movie, es cine político y, por supuesto, es cine bélico, de un belicismo futuro (los más optimistas dirían distópico). La sinopsis oficial lo resume de este modo: “En un futuro cercano, donde América está sumida en una cruenta guerra civil, un equipo de periodistas y fotógrafos de guerra emprenderá un viaje por carretera en dirección a Washington DC. Su misión: llegar antes de que las fuerzas rebeldes asalten la Casa Blanca y arrebaten el control al presidente de Estados Unidos”. El objetivo de llegar a tiempo es poder entrevistar al presidente, quien lleva mucho sin sentarse frente a un representante del cuarto poder. Las fuerzas rebeldes que pueden adelantarse al grupo protagonista se denominan Fuerzas del Oeste y luchan bajo un estandarte de solo dos estrellas, las que representan a los estados alzados de California y Texas. El viaje será duro, tanto para los personajes como para los espectadores. Una guerra no elige lo que muestra, y Alex Garland tampoco. El director británico no dispara con pistola, lo hace con mortero.

“Si una foto no es suficientemente buena es porque no estabas suficientemente cerca.”

Robert Capa

Dos perros abandonados en persecución salvaje. Dos Humvees asilvestrados en el abandono. Un descampado y edificios en ruinas. Un helicóptero de combate derribado y saqueado tiempo atrás. Destripado de forma furtiva, oxidado a plena luz. Parece el esqueleto de una ballena varada. Pero no hay playa cerca, y los que hemos perdido el rumbo somos nosotros.

Encuadre. Enfoque. Disparo.

Alex Garland se encarga de guionizar y dirigir esta guerra intestina. Su carrera de cineasta la arrancó como guionista, y adquirió prestigio rápidamente, así que la calidad del libreto de la película contaba de entrada con ciertas garantías. La historia avanza con fluidez por esa carretera que lleva al este del país. El ritmo es alto, pero los personajes tienen suficientes momentos de tregua e intimidad para entablar conversación, para lucir líneas de diálogo y establecer así el borrador de la reflexión acerca de lo que ven y viven, de lo que vemos y vivimos, y digo borrador porque la reflexión la continuamos y la acabamos nosotros, como debe ser. En sinergia con el guion, la dirección es hábil y versátil y el montaje sincroniza el tempus bellum, de modo que obtenemos un realismo sobrecogedor tanto en la batalla como en la calma. Un viaje apabullante que Garland consigue contar con virtuosismo en tan solo 109 minutos de pura supervivencia, cumpliendo las expectativas de cada dólar del mayor presupuesto concedido hasta la fecha por A24. En otras palabras, lo logra interviniendo como auteur en una gran producción de una compañía con vocación artística y espíritu indie. Contradicciones de la guerra.

«Nunca ha sido más peligroso ser corresponsal de guerra, porque el periodismo en las zonas de combate se ha convertido en objetivo principal.»

Marie Colvin

Un paramilitar que viste chaleco táctico encima de camisa hawaiana trata inútilmente de contener la sangre que brota de su compañero tendido en el suelo. Arrodillado a su lado, empapa gasas en rojo y presiona mientras da órdenes a gritos. A su espalda, parapetados tras la esquina que recibe los impactos de bala, un soldado del escuadrón y un compañero periodista parecen sufrir un shock momentáneo.

Encuadre. Enfoque. Disparo.

En el apartado interpretativo la obra encuentra sus mejores herramientas de guerra. Un grupo de actores jóvenes reclutado del elenco de la impresionante Devs (serie creada y dirigida por el propio Alex Garland) da réplica a intérpretes consagrados de la talla de Kirsten Dunst, Wagner Roura o Jesse Plemons. Entre los jóvenes destaca Cailee Spaeny, una inexperta pero ambiciosa fotoperiodista que actúa como coprotagonista. En el caso de Wagner Roura, encarna mejor que nadie al periodista de guerra adicto a la adrenalina, aquel que procura sobrellevar los instantes de paz a base de alcohol y otras sustancias y solo porque sabe que son trincheras del tiempo, paréntesis de la batalla. Sabe que el riesgo puede estar tras la siguiente curva y eso le alienta a continuar, siempre en busca de un titular de punta hueca. Ese espíritu indomable también encuentra su propio alambre de espino y por momentos desgarra su cordura. Porque, aunque a veces no lo parezca, todos los que aparecen en la película son humanos.

“Él no pretendía justificar el carácter predatorio de sus fotografías, como quienes aseguraban viajar a las guerras porque odiaban las guerras y a fin de acabar con ellas. Tampoco aspiraba a coleccionar el mundo, ni a explicarlo. Sólo quería comprender el código del trazado, la clave del criptograma, para que el dolor y todos los dolores fuesen soportables.”

Arturo Pérez Reverte en El pintor de batallas

Por su parte, Jesse Plemons hace girar a su alrededor una de las mejores escenas del film, la de mayor tensión. Se muestra terrorífico en su uniforme, en su frialdad, fiel a sus ideales de barro y estiércol. Pero es su mujer en la vida real, Kirsten Dunst, quien acapara la mayoría de aplausos a lo largo del metraje. En la piel de una leyenda del fotoperiodismo, Kirsten Dunst se muestra inalcanzable, torturada por una metralla de imágenes sin extirpar, veterana de mil guerras, propias y extrañas. Se comporta como una especie de deidad mitológica cada vez que pisa zona caliente, siendo capaz de alzar la cámara en medio de un tiroteo y convertirse en cíclope que congela la verdad con su mirada monocular; capaz de oler el peligro en el ambiente, de intuir los pequeños cambios que enrarecen una atmósfera cual valkiria visionaria. Parece incluso capaz de vaticinar por donde soplarán las balas debido a toda la pólvora diluida en su linfa. Sin duda, una interpretación magnífica en la que construye a desgana su relación con la joven, a sabiendas de las implicaciones y las consecuencias, anticipando los finales. En ella ve una vieja proyección suya que no quiere volver a iluminar, una que prefiere enmendar a tutorizar. Y alcanzados esos finales que ella anticipa, mención aparte para una de las miradas más incisivas y escalofriantes en pantalla de los últimos años, una estalactita que nos coge desprevenidos y nos atraviesa. Solo el recuerdo eriza.

“Soy buena bebiendo, follando y tomando fotografías.”

Lee Miller

Todo el mundo a cubierto. Dos francotiradores le echan un pulso al reloj, un pulso al gatillo. No saben a quién, justifican el porqué. Detrás del soldado recostado que no aparta ojo de la mira telescópica hay un compañero de ruta, y a la derecha de su compañero, un maniquí sentado en posición desmadejada en un sillón roído a la intemperie. El francotirador tumbado en los hierbajos llama al silencio. Su mano diestra de uñas pintadas con mugre y esmaltes de colores aprieta la empuñadura del rifle de precisión y su índice acaba al mismo tiempo con tres pulsos: el del reloj, el del gatillo y el del enemigo. Lo quiera él o no, el disparo suena como la reclama postrera de un colectivo largo tiempo en pie de guerra, desde mucho antes del comienzo de la guerra civil.

Encuadre. Enfoque. Disparo.

Una película siempre es más o es menos que la suma de sus partes, pero si todas sus partes o componentes son sobresalientes, resulta bastante improbable que la película no merezca la pena. De hecho, lo habitual es que resulte memorable. El estudio de los aspectos composicionales explica la categoría del conjunto. Civil War es una nueva muestra de ello. Hecha una valoración breve de los apartados de dirección, guion, montaje e interpretación, solo resta hablar de la fotografía, del sonido y de la banda sonora. Y no es casual que hayan quedado para el final. Si estos aspectos técnicos no hubieran alcanzado las cotas artísticas conquistadas, podríamos estar hablando de una peli de acción de sobremesa en lugar de la majestuosa aportación al séptimo arte que ya nos parece.

La banda sonora es ecléctica y consigue aportar identidad, lo que resulta paradójico y muy meritorio, ya que difícilmente se da ambas circunstancias en lo relativo a la música de una película. A lo largo de Civil War se escucha jazz, hip hop, rock e incluso folk, y entretanto se intercalan las composiciones originales de inclinación electrónica firmadas por Ben Salisbury y Geoff Barrow. Curiosamente, en cada secuencia la música se antoja bien elegida, a pesar de esos cambios constantes. Enseguida lo percibimos como la decisión acertada de alguien con buen gusto que tiene muy claro cómo quiere que sea su película, descartando cualquier indicio de incoherencia estilística.

El sonido, en connivencia con la fotografía, eleva la experiencia del visionado de Civil War. La guerra la percibimos auténtica debido al sonido de esos disparos que resuenan en nuestros oídos tras rebotar en los muros de la capital, debido al zumbido de los rotores de los helicópteros que se enjambran como si buscasen un Vietnam apocalíptico. La verdadera guerra pasa a ser aquello que se detiene por un instante tras el chasquido de una réflex. Y es en dichas escenas en las que se retrata la violencia donde los técnicos de sonido, habiendo conseguido que oigamos y sintamos la guerra como pocas veces en el cine, colaboran con la cinematografía de Rob Hardy para ceder un silencio fugaz durante la inclusión en pantalla de esas instantáneas que captan los personajes. El fragor se detiene por un segundo, el horror se torna blanco y negro y avanza el carrete. Esas imágenes silentes en medio del caos son la esencia de Civil War, un resumen mudo de una historia centrada en el fotoperiodismo de guerra haciendo uso de apenas veinte o treinta fotogramas.

Más allá de la eficacia, la fotografía de la película también nos regala planos de una belleza terrible. El fuego formando cortinas de lentejuelas que envuelven el vehículo para deleite de un moribundo que espera el último estertor; el agua formando alfombras de cristales que se deslizan a espaldas de dos mujeres en duelo.

“Éstos son los únicos momentos en que siento la soledad verdadera: cuando uno se enfrenta a la violencia impune.”

Ryszard Kapuscinski

Llegados a este punto, no queda mucho por decir. El humo se disipa y el análisis pone de manifiesto las virtudes de una de las películas del año, sin riesgo en la apuesta. Civil War es tan cruda y salvaje como debe ser, tan verosímil como necesita aparentar, y tan oportuna como se atreve a mostrarse en los tiempos actuales de política ulcerada. Más impresionante si cabe presenciada en la oscuridad de búnker de una sala de cine.

Un empujón para terminar de dar el relevo. El testigo se pasará con sangre; la sangre será testigo. Una decisión subconsciente, pero una decisión. En el contrapicado, la figura totémica, el faro que ilumina entre el polvo y el humo. En su gesto, una advertencia tardía más que una enseñanza. Y una incrédula y seria certeza en el rostro antes de la caída.

Encuadre. Enfoque. Disparo.

Disparo.

Disparo.

Disparo…

Antes del corto y cierro, recuerdo una célebre cita que no salió de boca de ningún periodista de guerra histórico. Se la debemos al genio de Jean-Luc Godard y la he usado más veces de las que puedo contar porque es una de mis preferidas. El caso es que aquí y ahora adquiere más significado que nunca: “La fotografía es verdad, luego el cine es verdad A24 veces por segundo”.

 

 

 

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